Mi caracol
No hace mucho tiempo sucedió, no se puede decir que sin buscarlo aunque que quizás sin la conciencia del que encuentra.
Al principio no parecía que fuera lo que terminó siendo, como todo en la vida, llevó su tiempo terminar de conocerlo.
Pensé que se llevaba la vida por delante, su juventud y su actitud me hacían pensar que era uno de esos especímenes que pocas veces en mi vida he conocido. Quizás por el desconocimiento de ese tipo de ejemplares y por sobre todas las cosas, por no ser una de las variantes que más me gustan, probablemente todo hubiera sido más fácil, hasta casi seguro que nunca la llegaría a conocer demasiado sobre todo por falta de interés.
Pero después de la primera impresión (a tener en cuenta: no siempre es la correcta!!!), fui descubriendo muy de a poquito que estaba ante otra especie totalmente distinta. Tenía una antenitas hermosas, las había visto desde el primer día, tenía unos ojazos más que lindos, llamativos, de un color que era difícil de explicar. Del cuerpo ni quiero entrar en detalles, como toda de su especie que se precie de tal, no estaba conforme pero a la vista de los demás era algo digno de ver.
Con el correr del tiempo, de muchísimas charlas y momentos muy lindos compartidos, empecé a notar algo que hasta esos momentos había pasado totalmente desapercibido. Cuando mejor la pasaba, cuando más podía disfrutar de sus antenitas, de sus ojazos, de su hermoso cuerpito... súbitamente desaparecía. Al principio, no entendía hacia donde, pero luego entendí, lo pude ver, lo empecé a notar: huía hacia dentro de su caparazón! Al principio golpee bastante el caparazón, la quería obligar a volver a salir. Después me fui dando cuenta que con unos suaves mimitos en las partes más duritas del caparazón las antenitas volvían a aparecer.
Más allá que me gustara o no el caparazón, empecé a entender el mecanismo, empecé a entender de la utilidad del caparazón, empecé a darme cuenta que todos llevamos uno a cuesta. Poder darse cuenta que a uno le pasa lo mismo y que usa los mismos métodos es una forma de entender y comprender al otro.
Intentar que se abadone definitivamente el caparazón es una utopía, y hasta es una forma de poner en riesgo todo lo que uno quiere y aprecia. Aprendí a querer mucho a mi caracol, tanto que quiero que me acompañe por el resto de mi vida. Ya estoy seguro que no vamos a poder ir los dos sin nuestros caparazones por ahí, pero también estoy (casi) seguro que vamos a encontrar la forma de compartir nuestro camino de la mejor manera posible, e intentando utilizar nuestros caparazones sólo en caso de urgencia.
No hace mucho tiempo sucedió, no se puede decir que sin buscarlo aunque que quizás sin la conciencia del que encuentra.
Al principio no parecía que fuera lo que terminó siendo, como todo en la vida, llevó su tiempo terminar de conocerlo.
Pensé que se llevaba la vida por delante, su juventud y su actitud me hacían pensar que era uno de esos especímenes que pocas veces en mi vida he conocido. Quizás por el desconocimiento de ese tipo de ejemplares y por sobre todas las cosas, por no ser una de las variantes que más me gustan, probablemente todo hubiera sido más fácil, hasta casi seguro que nunca la llegaría a conocer demasiado sobre todo por falta de interés.
Pero después de la primera impresión (a tener en cuenta: no siempre es la correcta!!!), fui descubriendo muy de a poquito que estaba ante otra especie totalmente distinta. Tenía una antenitas hermosas, las había visto desde el primer día, tenía unos ojazos más que lindos, llamativos, de un color que era difícil de explicar. Del cuerpo ni quiero entrar en detalles, como toda de su especie que se precie de tal, no estaba conforme pero a la vista de los demás era algo digno de ver.
Con el correr del tiempo, de muchísimas charlas y momentos muy lindos compartidos, empecé a notar algo que hasta esos momentos había pasado totalmente desapercibido. Cuando mejor la pasaba, cuando más podía disfrutar de sus antenitas, de sus ojazos, de su hermoso cuerpito... súbitamente desaparecía. Al principio, no entendía hacia donde, pero luego entendí, lo pude ver, lo empecé a notar: huía hacia dentro de su caparazón! Al principio golpee bastante el caparazón, la quería obligar a volver a salir. Después me fui dando cuenta que con unos suaves mimitos en las partes más duritas del caparazón las antenitas volvían a aparecer.
Más allá que me gustara o no el caparazón, empecé a entender el mecanismo, empecé a entender de la utilidad del caparazón, empecé a darme cuenta que todos llevamos uno a cuesta. Poder darse cuenta que a uno le pasa lo mismo y que usa los mismos métodos es una forma de entender y comprender al otro.
Intentar que se abadone definitivamente el caparazón es una utopía, y hasta es una forma de poner en riesgo todo lo que uno quiere y aprecia. Aprendí a querer mucho a mi caracol, tanto que quiero que me acompañe por el resto de mi vida. Ya estoy seguro que no vamos a poder ir los dos sin nuestros caparazones por ahí, pero también estoy (casi) seguro que vamos a encontrar la forma de compartir nuestro camino de la mejor manera posible, e intentando utilizar nuestros caparazones sólo en caso de urgencia.
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