jueves, noviembre 09, 2006

El siguiente paso

"Ya está, ya no hay vuelta atrás" pensó, y de seguro que estaba medianamente convencido de esa sentencia. Había llegado al punto de no retorno, y la cuestión ya sólo pasaba por dar el próximo paso. Ese paso sería el último, de esto estaba seguro, de esto y de pocas cosas más en su vida podía seguir estando seguro. Parado sobre la baranda de ese balcón, a unos 35 o 40 metros del suelo estaba seguro que si finalmente tenía el valor para dar ese siguiente paso, este sería el último de su corta vida. Había pasado por muchas cosas, y últimamente ya se sentía sin ningún tipo de fuerza para seguir enfrentandose a los continuos cachetazos que pensaba que el destino le estaba asestando.

Hasta no hace mucho tiempo atrás, llevaba una vida tranquila, relajada, común, sin vaivenes. Esposa, hijos, trabajo estable, desarrollo profesional. Todo lo que seguramente un hombre de su edad y educación imaginó y planificó desde antes de entrar en la adolescencia. Sin embargo, ahora todo eso ya no le alcanzaba. Todo sucedió demasiado rápido, primero fue el accidente. Ese maldito camión, esa ruta descuidada, la lluvia, la noche, la oscuridad... luces, ojos cerrados, bocina, frenada y después la nada. Ni siquiera un llanto, todo muy rápido. En un segundo su vida empezaba la cuesta abajo más rápida que nunca jamás, ni en la peor pesadilla, había esperado. Estaba solo. La soledad, el dolor, las cicatrices. Todo eso y el trabajo y el desarrollo profesional que dejaron de importar. De ahí a ser un desocupado, abandonado por los amigos fue sólo un instante o al menos eso le pareció en su cabeza. Definitivamente estaba empezando a entender lo que significaba estar solo. Pocas soledades podrían ser más rotundas que la que estaba viviendo en este momento, parado, solo, descalzo y en calzoncillos en pleno julio. La piel casi no le transmitía sensaciones, el frío había adormecido la mayoría de sus músculos. La mano derecha aferrada a la baranda era lo único que todavía lo mantenía aferrado a su vida, a esta vida que en muy poco tiempo le había quitado todo lo que había tardado años en conseguir.

Nunca fue un hombre creyente, para él las religiones eran una excusa más que los hombres se ponen para poder culpar a alguien y evitar hacerse cargo de sus acciones. Si en algún resquisio de su corazón creía en la existencia de Dios, Alá, Jehová, un ser superior o lo que sea, había desaparecido con su mujer y sus hijos. No tenía fuerzas ni para culpar a nadie, ni siquiera a él mismo. La depresión lo devoró en unos pocos meses, las consecuencias físicas se exteriorizaron rápidamente. La barba crecida, el pelo por los hombros, los ojos hundidos entre ojeras renegridas. "Ya está, ya no hay vuelta atrás" volvió a pensar, sabía que estaba intentando convencerse que era lo que tenía que hacer, lo que quería hacer, lo que debía hacer. No tenía otra alternativa. No tenía ningún sentido seguir acá, en esta vida que le recordaba segundo a segundo que hasta no hace mucho tiempo era un hombre felíz y que ahora jamás podría volver a serlo.

La mano le empezó a temblar, su cerebro intentaba indicarle a sus dedos que se abran, que se separen de esa baranda, que ya estaba, que no quería volver atrás, que el siguiente paso sería el último. Sabía que no era tiempo de arrepentimientos, no era este ese tiempo y tampoco habría tiempo futuro. Era el momento de empezar a terminar, todo tiene que tener su final. Y lo próximo que terminaría sería su vida.

Finalmente, los dedos dejaron de aferrarse, la mano se liberó, mantuvo el equilibrio durante unos cuantos segundos, miró hacia adelante perdiendo la vista en el vacío. La noche era intensa, el frío arreciaba cada uno de los huesos y su mirada siguió perdida en la profundidad del cielo. Era hora de terminar, ya estaba, ya no había vuelta atrás.

En el mismo preciso instante que levantaba el talón de la fría baranda de metal, creyó oir una voz a sus espaldas, sonó como la voz de su mujer. Instintivamente intentó girar la cabeza, buscando el origen de ese susurro tan familiar. El paso ya estaba dado. Primero oscuridad, seguida por una sensación de vacío enorme, rodeado del viento que le azotaba la cara y las extremidades. Lo que creía que tardarían segundos se estaba extendiendo infinitamente. En su cabeza volvió a aparecer la imagen del día del accidente. Justo antes del inicio de todo, antes de las luces, de las frenadas, de las bocinas. Y en ese exacto momento recordó la mirada de su mujer, y como si el tiempo estuviera detenido hacia la eternidad, pudo ver el brillo de sus ojos, la mirada tranquila, la transmisión de un sentimiento que no lograba identificar. En sus labios creyó ver el dibujo de una sonrisa, una mueca como de felicidad. Siguió viendo fijo la cara de la persona a la que más amaba en su vida y empezó a notar que sus hijos en el asiento trasero tenían la misma expresión. Lo miraban con tranquilidad, transmitiendo que sabían lo que seguía pero a pesar de eso estaban sumamente tranquilos.

En un instante, todo se volvió negro. Luego, todo sumamente brilloso. Intentó entornar los ojos para poder ver más allá, pero se dió cuenta que esas imágenes no le entraban por la vista, estaban dentro de su cabeza. En medio de esa cortina fluorescente blanca empezaron a surgir más imágenes, que pasaban a enorme velocidad pero a pesar de eso él reconocía cada una de las mismas y podría describirlas hasta el más mínimo detalle. El recuerdo de la cara de su mamá muy joven, su papá teniendolo en brazos, el nacimiento de su hermana, el primer triciclo, la casa de los abuelos, las vacaciones en la costa, el primer beso, el primer llanto por amor, aquel gol de esa final en el barrio, los amigos fundidos en un abrazo, la primera vez que la vió a ella, ella diciendole que iba a ser papá, el nacimiento de su primer hijo, la primer papilla. Miles de recuerdos, más y más rápido. Se mezclaban, iban y volvían en el tiempo, pero él las vivía como si fuera la primera vez. Recuerdos y vivencias, buenos y malos volaban por su mente como en un gran remolino, a pesar de todo esto, una sensación de enorme tranquilidad lo invadió.

Sus ojos se abrieron y lo vieron aproximarse, el piso era el destino inevitable. Más y más cerca, pero ni el pánico ni el miedo lo invadieron. Seguían pensando en todos sus recuerdos y la tranquilidad era la sensación que mejor podría describir su estado. Ya faltaba poco, cada vez menos. Finalmente llegó. Junto con la llegada del asfalto llegó un gran silencio, la oscuridad más profunda que había vivido jamás y a lo lejos, muy débil, un breve murmullo. A sus oídos llegaba como si fuera un débil movimiento de aguas. El murmullo se fue haciendo más y más intenso y empezó a sentir que flotaba. Que podía moverse libremente en el espacio, todo su cuerpo excepto su cabeza. Empezó a notar una sensación de calor intenso, que hasta ese mismo momento no había ni siquiera notado. La cabeza empezó a apretarla y sintió la necesidad de moverse, debía ir para otro lado. Todo sucedió tan rápido como sus recuerdos, que ahora estaba empezando a notar que ya no recordaba. Hizo fuerza, apretó los ojos, movió las manos y se dió cuenta que no recordaba nada, sólo la sensación de velocidad. Se estaba moviendo, ya no sólo apretaba su cabeza, sino también parte de su cuerpo, no se movía por su voluntad, sentía que algo lo estaba haciendo deslizarse.

Súbitamente una luz sumamente intensa le invadió la cara, lo obligó a cerrar los ojos e intentar liberarse. Se sentía aprisionado y no sabía por qué ni por quién. Empezó a notar que su cerebro empezaba a relajarse, que sus ideas empezaban a desdibujarse y que apenas podía manejar las sensaciones que estaba viviendo. Intentó abrir los ojos y la luz blanca lo encegueció. Su mente prácticamente le había dejado de responder, tenía sensaciones que no podía interpretar e intentaba realizar movimientos que su cuerpo no respondía. Lo último que pudo hacer conscientemente fue abrir la boca.

El llanto retumbó como un trueno en toda la sala de partos, la sonrisa del médico y la partera transmitían el buen resultado de todo el proceso. Una nueva vida había llegado a este mundo. Mientras tanto, por la puerta de la sala de guardia ingresaban en una camilla con una sábada tapandolo el cuerpo, su cuerpo, el que había dado ese paso hacia adelante, el que intentó dar por terminado todo. "Ya está, hay que volverlo a intentar" se escuchó en un susurro por algún pasillo del hospital.

lunes, noviembre 06, 2006

Cambios, cambios, cambios!

Mucho tiempo, muchas cosas, muchas ideas, muchos miedos.

Cambios, cambios y más cambios. Algunos todavía no son tan visibles, pero en lo más profundo de mi persona están empezando a desatarse muchos cambios que avivan a mis miedos más escondidos.

Comodidad, tranquilidad, seguridad, pasividad, previsibilidad... todo eso estoy empezando a perder.

Adrenalina, sentimientos, conocerse, jugarse, arriesgarse, mirarse, escucharse... todo eso estoy empezando a vivir.

Dicen que todos los cambios generan resistencia, que a cualquiera le cuesta dejar de lado lo conocido para intentar jugarse hacia lo que no se conoce. Desde las cosas más simples y sencillas de la vida hasta las decisiones más trascendentales. Cada día me convenzo más que llegué hasta donde estoy sin jamás hacerme un planteo realmente profundo. Y ahora lo estoy pagando.
Se me vino todo encima, me planteo cosas que jamás se me pasaron por la cabeza. Me cuestiono hasta mis más firmes convicciones. Me llena de preguntas cada aspecto de mi vida.

Cambios, miedos, dudas... para algún lado todo esto tiene que salir, de eso no cabe ninguna duda, al menos algo que es seguro!

Relajar, dejar pasar el tiempo, escucharme, escuchar, vivirla.

Cada vez que algo se rompe genera dolor, es inevitable. En un punto pensaba que mi mejor acción era intentar mitigarlo, intentar minimizarlo y tratar que sufra la menor cantidad de gente posible. Hoy creo que eso no me va a servir. Sonará muy egoísta, y estoy convencido que lo soy, pero siento que en este aspecto nunca tuve el valor suficiente como para serlo realmente. Siempre me hice la fácil, siempre me dejé llevar por lo que "tenía" que hacer.